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El profeta en la cueva de Hirá

mohamed (s. w. s)

Cuando el Profeta Muhammad tenía cuarenta ños aproximadamente, pasaba largas horas en reclusión meditando sobre los aspectos del universo que lo rodeaban.

Esta actitud de meditación contribuyó a diferenciarlo del resto de la población de La Meca. Solía abastecerse de Sauîq (avena) y agua para luego dirigirse a las colinas y barrancos de las vecindades de La Meca. Su favorita para frecuentar, era una cueva llamada Hirá, en la montaña An-Nur. Quedaba a dos millas de La Meca, siendo una cueva pequeña de cuatro brazos de longitud por casi dos de ancho. Siempre que iba a ese lugar alimentaba a algún pobre que se le acercaba.

La mayoría del tiempo lo dedicaba a la devoción, y especialmente en el mes de Ramadán, a la adoración, y a la meditación en la sabiduría que regía al universo que lo rodeaba. Su corazón se encontraba dolido a causa de la decadencia moral y la idolatría que era practicada por su gente; se sentía desamparado por no encontrar una solución definitiva, algún medio que le sirva para seguir, y corregir las enfermas costumbres que lo rodeaban.Este estado de soledad acompañado de un estado de contemplación debe comprenderse desde una perspectiva Divina.Era esta una etapa preliminar al período de gran responsabilidad que próximamente debería sobrellevar.

La reclusión y el desapego por las impurezas de la vida fueron dos requisitos indispensables para poder enfrentar lo que Allâh le tenía reservado. Una forma de prepararlo para asumir tan importante compromiso, para cambiar la faz de la tierra y alterar para siempre el curso de la historia. Fue un período rico en privacidad que duró tres años hasta el comienzo de su misión, guiándolo hacia una nueva era de indisoluble contacto con lo oculto que Allâh  permitiría que presencie.[1]