Jue08162018

Last updateJue, 26 Jul 2018 10pm

Back Está aquí: Portada Milagros Sobre Darwin El socialdarwinismo y el mito de las razas favorecitas

El socialdarwinismo y el mito de las razas favorecitas

El socialdarwinismo y el mito de las razas favorecitas
El socialdarwinismo y el mito de las razas favorecitas

Aunque el racismo es de vieja data, Darwin fue el primero en darle una supuesta validez científica.

El subtítulo de su libro El Origen de las Especies, es decir, La Preservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida, y lo que escribe sobre el tema, en particular en El Origen del Hombre, sirvió de argumento a las creencias erróneas de los nazis en la superioridad de la “raza aria” y de los anglosajones sobre los demás grupos humanos.

Además, su teoría de la selección natural sostiene como válida la “ley de la jungla”, es decir, la lucha despiadada entre los humanos por la subsistencia y un lugar en el  mundo. De ese modo, convierte en inevitable la guerra y los conflictos entre unos y otros y entre las naciones. Muchas figuras prominentes de esa época, desde promotores de acciones bélicas a filósofos, desde políticos a científicos, adoptaron la teoría de Darwin. Dice Karl A. Schleunes, profesor de la Facultad de Historia de la Universidad de Carolina de Norte, en su libro El Oscuro Camino a Auschwitz:

Las ideas de Darwin respecto a la lucha por la supervivencia, fueron rápidamente adoptadas por los racistas… esa lucha, legitimada por los llamados nuevos conceptos científicos de la época, justificaron la concepción discriminatoria de personas inferiores y superiores… y validaron la lucha entre ellas37.

De esa manera, los racistas encontraron un fundamento científico a sus criterios acerca de las categorías humanas. Y si bien, poco después la ciencia reveló la inconsistencia de las aseveraciones de Darwin, ya el gran movimiento que se construyó en torno a las mismas había cometido equivocaciones gravísimas.

No sólo en Alemania levantó cabeza el racismo considerado “científico”. Intelectuales y funcionarios, con esas ideas, de muchos países, en particular de Gran Bretaña y de los EE. UU., dieron curso, rápidamente, a leyes y prácticas sobre esa base.

Casi todos los evolucionistas y un importante número de científicos de los siglos XIX y XX tuvieron y tienen una concepción racista, como se puede comprobar revisando distintos escritos. El profesor de historia de la Universidad Austral de Illinois, John S. Haller, describe en Desechos del Evolucionismo: Posiciones Científicas Relativas a la Inferioridad Racial, la creencia de los evolucionistas en la superioridad de la “raza blanca” sobre las demás. Un artículo de American Scientist se ocupa del libro de Haller:

…extremadamente importante… documenta lo que se argumenta desde hace bastante tiempo: el racismo, del que estaban impregnados casi todos los hombres de ciencia norteamericanos en el siglo XIX (y del que continúan impregnados en el siglo XX)… Ab initio, los afroamericanos fueron vistos por los mismos, en cierta manera, como irredimibles, inmodificables, decididamente inferiores38.

La revista Science también comenta algunas afirmaciones de Haller:

En el período Victoriano, lo nuevo fue el darwinismo… Antes de 1859 muchos científicos cuestionaban si los blancos y los negros pertenecían a una misma especie. Y con posteridad a esa fecha, el esquema evolucionista planteó interrogantes adicionales. En particular, si los afroamericanos podrían sobrevivir o no en la competencia (por la vida) con los blancos próximos a ellos. En aquél momento la respuesta fue un rotundo ¡No!... Los africanos eran inferiores porque representaban “el eslabón perdido” entre el simio y el teutón39.

Por supuesto, esos criterios son totalmente infundados. Los diferentes colores de piel, las singularidades “raciales” o étnicas, no hacen a unos inferiores y a otros superiores. La principal razón por la que esta falsedad pudo ser inculcada es que en el siglo XIX se carecía de los medios para hacer determinaciones correctas en la materia y todo se reducía a conjeturas manifestadas por personas “creíbles”, interesadas o no en difundir dicha patraña.

Edwin G. Conklin, biólogo de la Universidad de Princenton, expresaba abiertamente sus

concepciones racistas sin ningún tipo de escrúpulo:

La comparación de cualquier raza moderna con los Neandertales o Heidelbergs, muestra que… las de tipo Negroide se asemejan más a la estirpe original que las blanca o amarilla. Toda consideración en la materia debería conducir, a quienes creen en la superioridad de la blanca, a esforzarse por preservar su pureza, estableciendo y manteniendo la separación de las mismas40.

William Sollas, profesor de paleontología y geología en la Universidad de Oxford, expuso sus puntos de vista en su libro publicado en 1911, titulado Cazadores Antiguos:

El derecho (de mandar, de impartir justicia, etc.) se le ha concedido a cada raza según su pujanza y pertenece al fuerte… La reivindicación de la propiedad de la tierra no se rige por el criterio de quien la haya ocupado primero sino por la capacidad para explotarla. Es por ello que es un deber de cada raza ―y de la familia humana― recurrir a todos los medios para adquirir poder: de fracasar, ya sea en las ciencias o en las artes, en la procreación o en la capacidad para defenderse, será castigada irremediable, rápida y justicieramente por la Selección Natural, la tirana severa pero benéfica del mundo orgánico41.

Decir que la justicia es atributo de los poderosos, además de ser un grave error conduce a un caos social terrible. Bajo cualquier condición y circunstancia las personas deben ser juzgadas de manera imparcial, independientemente del color de la piel, el idioma o el sexo. La pretensión de los racistas darwinistas en cuanto a que sólo el fuerte puede impartir justicia, no es cierta para nada. Cada individuo puede desear lo mejor para él y su sociedad, pero eso nunca servirá de justificativo valedero del daño que se pueda infligir a otros, por la sencilla realidad que se opone a la razón y a la buena conciencia.

Como consecuencia de la creencia en el evolucionismo, al racismo lo encontramos incluso en quienes dicen no admitirlo. Tal es el caso del paleontólogo George Gaylord Simpson, quien a pesar de sentirse ofendido porque lo tratan de racista, sostiene en un artículo de la revista Science que las diferencias “raciales” aparecieron como resultado de la evolución y que algunas “razas” son más avanzadas o atrasadas que otras:

La evolución no necesariamente se da en la misma medida en distintas poblaciones. Entre muchos grupos de animales se puede hallar especies que evolucionaron a un paso distinto, por lo que algunos son más primitivos que otros, en ciertos rasgos, particular o globalmente. Es  natural cuestionarse, como lo hicieron  determinadas personas, si entre las razas humanas no sucedería lo mismo en algún aspecto o en todos. Evidentemente, es posible encontrar características singulares que resultarían más avanzadas o primitivas en una raza que en otra42.

A pesar de que el nombrado no aporta ningún fundamento científico en la materia, sus criterios fueron adoptados en ciertos círculos por motivos ideológicos. Por ejemplo, Henry Fairfield Osborn, presidente del Museo de Historia Natural de EE. UU. y prominente antropólogo evolucionista y racista de principios del siglo XX, realiza comparaciones y deducciones, carentes de toda evidencia científica, en el artículo “La Evolución de las Razas Humanas”:

La inteligencia promedio de los negros adultos es similar a la de los jóvenes de once años de la especie Homo sapiens43.

Como puede colegirse de tales manifestaciones, la mayoría de los estudiosos evolucionistas de los siglos XIX y XX fueron y son racistas que posiblemente ignoraron e ignoran el peligro que entraña tal visión. El académico norteamericano James Ferguson se refiere a los efectos destructores del llamado “racismo científico”:

El concepto de raza era una preocupación creciente de la ciencia en la Europa del siglo XIX… Los primeros dedicados a la antropología física ayudaron a desarrollar el concepto de supremacía aria, lo cual, más tarde, impulsaría el racismo institucional, en la Alemania del decenio de 1930 y en Sudáfrica de hoy día44.

En un artículo acerca de los criterios racistas de los científicos evolucionistas, dice lo siguiente Stephen Jay Gould, quien fue uno de ellos:

No podemos comprender mucho de la antropología de fines del siglo XIX y principios del siglo XX… a menos que tengamos en cuenta su obsesión con la identificación y jerarquía de las razas45.

Una vez que la teoría de la evolución adquirió una supuesta validez comprobada, los científicos recurrieron sin vacilar a conceptos fantasiosos como los de “razas inferiores” y “razas más cercanas a los simios que a los seres humanos”. Dictadores de la peor calaña como Hitler, se valieron de esas manifestaciones que les venían como anillo al dedo para asesinar a millones de personas a las que consideraban “inferiores”, “inconvenientes”, “defectuosas” o “enfermas”. Una de las principales razones por la que casi todos fueron evolucionistas  reside en que su precursor, es decir, Darwin, sostenía esos puntos de vista.

También Darwin Era Racista

La gran mayoría de los evolucionistas actuales dicen, a diferencia de sus colegas del siglo XIX, que se oponen al racismo e intentan presentar a Darwin ajeno al mismo. La parte más considerable de los escritos en tal sentido intentan mostrarlo compasivo, bien intencionado y opuesto a la esclavitud.  Pero la realidad es que él mismo creía que la hipótesis de la selección natural constituía un aval científico a la discriminación étnica y una justificación de las masacres que provocaron ciertos grupos humanos a costa de otros, cosa que perdura. Sus libros, algunas de sus cartas y sus notas privadas, contienen expresiones racistas explícitas. Por ejemplo, en El Origen del Hombre reivindica que ciertas “razas”, como la de los negros y la de los llamados aborígenes, eran “inferiores”, por lo que, en un momento dado, debían ser eliminadas y desaparecer en la supuestamente obligada lucha por la supervivencia:

En algún momento de un futuro no muy distante como para medirlo en siglos, casi con toda certeza, las razas humanas civilizadas exterminarán y reemplazarán a las salvajes en todo el mundo. Al mismo tiempo, los monos antropomorfos… sin duda, también serán exterminados. La diferencia entre el hombre y sus allegados más cercanos se presentará entonces más amplia, porque será la que corresponderá entre el ser humano con una civilización incluso mayor ―como es de esperar― que la de los caucásicos y la de algunos primates tales como el mandril, en vez de cómo se presenta ahora entre el negro africano o el australiano y el gorila46.

Darwin equipara, de esa manera, a ciertas “razas” con los simios y predice que las “civilizadas” eliminarán a las “salvajes” de la faz de la Tierra. En otras palabras, pronostica que el genocidio y la limpieza étnica ocurrirán en un plazo breve. Y la verdad es que esas “predicciones” terribles se concretaron gracias a que, entre otras cosas, los racistas del siglo XX tuvieron y tienen el respaldo de la teoría de la evolución para la perpetración de carnicerías abominables. Es así que los nazis ejecutaron a unos 40 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, que el sistema de apartheid sudafricano concedió inmensos privilegios a los europeos en detrimento de la población nativa original, que se producen ataques racistas en Europa en contra de los turcos y otros extranjeros, que se discrimina a los negros y a los hispanos en los EE. UU. y a los pueblos originarios en Australia, que los grupos nazis reaparecen una y otra vez en distintos países europeos. Todas esas acciones se fundamentaron y fundamentan en el supuesto respaldo científico provisto por el darwinismo. (Para más detalles sobre la relación entre el fascismo, el racismo y el darwinismo, ver la obra de Harun Yahya El Fascismo: La Ideología Sanguinaria del Darwinismo, Kultur Publishing, Abril de 2002).

Las expresiones racistas de este inglés no se limitaron a eso. En El Viaje del Beagle, publicado después de El Origen de las Especies, menciona el haber encontrado “razas retrógradas” en Tierra del Fuego. [Nota del traductor al español. Se trata de una zona de Argentina y seguramente se refiere a miembros del pueblo Ona (Selknam) o del pueblo Manekenk (Haush)]:

Fue, sin duda, el espectáculo más interesante y curioso por el que pasé. Si no hubiese estado allí, no habría creído que la diferencia entre los hombres salvajes y los civilizados fuese tan marcada. Es mayor a la que existe entre un animal doméstico y otro montaraz… Creo que aunque se busque en todo el mundo, no se encontrará un grado inferior de persona47.

Asimismo, denomina “bárbaros” a otros habitantes de la Patagonia argentina. (Nota del traductor al español: quizás se trate de los Aónikenk):

Posiblemente no haya nada más asombroso que ver por primera vez a un bárbaro en su querencia nativa. Se trata del hombre en su estado más atrasado y salvaje. Nuestra mente puede preguntarse, ¿habrán sido nuestros antepasados seres como éstos, es decir, con expresiones y mímicas menos inteligibles que las de los animales domésticos?... No creo que sea posible describir la diferencia entre el hombre salvaje y el hombre civilizado48.

En una carta dirigida a Charles Kingsley, describe cómo vio a los nativos fueguinos de Argentina:

Reconozco que la primera vez que vi a un salvaje desnudo, pintarrajeado, estremeciéndose, espantoso, pensé que mis primitivos antecesores fueron de alguna manera similares. En ese momento me resultó aún más chocante que lo que creía hasta ahora, es decir, que mi antepasado muy remoto fue una bestia peluda. Resulta categórico que los monos son de buen corazón49.

Las citas son indicativos importantes del racismo de Darwin. En tanto elogia y humaniza a los simios considerándolos cariñosos, opina que la eliminación lo  más a fondo posible de ciertas “razas” consideradas “inferiores” ―que por otra parte, según su forma de pensar, es algo propio de la selección natural―, contribuye en una medida muy grande al avance de la civilización. A esto se refiere en una carta enviada en julio de 1881 a W. Graham:

Podría exponerle ejemplos que exhiben que la selección natural o la lucha (por la supervivencia) ha hecho más por el progreso de la civilización que lo que podría estar inclinado a admitirlo. ¡Recuerde el riesgo que corrieron los pueblos europeos de ser dominados por los turcos hace pocos siglos y lo ridícula que vemos esa posibilidad hoy día! Las razas llamadas caucásicas y más civilizadas han batido en la lucha por la existencia al turco despreciable. En un futuro no muy distante una innumerable cantidad de razas inferiores habrán sido eliminadas por otras superiores en todo el mundo50.

Semejante desatino llegó a niveles inauditos en la ofensa a la gloriosa nación turca. [Para mayor información acerca de las expresiones hostiles e infundadas de Darwin respecto al pueblo turco, ver el trabajo de Harun Yahya, Evrim Teorisinin Irkçi Yüzü: Darwin’in Türk Düşmanliği (El Rostro Racista de la Teoría de la Evolución: La Hostilidad de Darwin Hacia los Turcos). Kultur Publishing, Estambul, Octubre de 2001].

Al predecir la eliminación de las “razas inferiores” según sus conceptos tortuosos, no sólo proveyó apoyo al racismo sino que estableció un fundamento supuestamente científico para las guerras entre poblaciones distintas, para la matanza alevosa y para llevar adelante los genocidios del siglo XX.

Como ya dijimos, los evolucionistas hicieron grandes esfuerzos para evitar que se considere a Darwin un promotor del racismo. Pero Stephen Jay Gould, de la Universidad de Harvard, admite que lo era, en una referencia a El Origen de las Especies:

Los argumentos biológicos favorables al racismo pudieron haber sido comunes antes de 1859, pero aumentaron cualitativamente luego de la aceptación de la teoría de la evolución51.

Otros prominentes proponentes de esos conceptos, también eran racistas. Poco después de la Guerra de Secesión y de la emancipación de los negros esclavos, Thomas Huxley escribió lo siguiente:

Puede ser cierto que algunos hombres negros sean mejores que algunos hombres blancos. Pero ninguna persona racional, conocedora de los hechos, cree que el término medio de los negros sea igual ―y mucho menos superior― al término medio de los blancos. Y si esto fuese así, es muy difícil de creer que nuestros parientes de mandíbulas salientes, luego de perder todas sus condiciones de inferioridad y sin nadie que les oprima, sean capaces de competir con éxito ―con su cerebro ya más grande y con su quijada ya más pequeña― en un concurso que se llevara a cabo por medio de las ideas y no de las mordeduras52.

Huxley se refiere a las personas de piel negra como si fuesen animales y no seres humanos, para sostener, una y otra vez, que inevitablemente se ubican entre los miembros de las “razas inferiores” o “rezagadas”.

Las semillas remozadas del racismo, sembradas junto con la teoría de la evolución a mediados del siglo XIX, comenzaron a producir sus frutos sustanciosos a mediados del siglo XX. Friedrich Nietzsche, apasionado adherente a la teoría de la evolución y contemporáneo de su inventor, popularizó términos sin fundamentos como “superhombre” y “raza superior”. Y de ahí abreva esencialmente el Nacional Socialismo. El nazismo, con su jefe a la cabeza, construyó un estado policial en el que se destacó de tal manera la aplicación de la “ley de la jungla”, que dejó en el camino 40 millones de muertos. (En el capítulo cinco veremos ésto más detalladamente).

A Nivel Genético No Existe Ninguna Diferencia

“Racial” Entre los Seres Humanos

La ciencia de la genética ha revelado, especialmente en el último decenio, que en términos biológicos no existe ninguna diferencia entre los distintos grupos humanos. La gran mayoría de los estudiosos en la materia concuerdan con ésto. Por ejemplo, quienes de ellos estuvieron presentes en la Convención Sobre el Avance de la Ciencia realizada en Atlanta (EE. UU.) en 1997, dieron a conocer el siguiente comunicado:

El concepto de raza se origina en función de cuestiones sociales derivadas de percepciones condicionadas por sucesos históricos y carece de cualquier tipo de realidad biológica53.

Las investigaciones han demostrado que las diferencias genéticas entre las “razas” son muy pequeñas y que no se puede hacer ningún tipo de diferenciación a nivel de genes. Quienes estudiaron esto, dijeron que entre dos personas cualesquiera, incluso de un mismo grupo, existe, normalmente, una diferenciación genética del 0,2%. Los rasgos que hacen a las llamadas diferencias “raciales”, como el color de la piel y la forma de los ojos, corresponden sólo al 6% de ese 0,2%.  Esto significa que las diferencias genéticas entre las “razas” se ubicarían en un 0,012%54, es decir, en un porcentaje sin ninguna relevancia.

Lo antes dicho está resumido en el artículo de Natalie Angier titulado “¿Hay Diferencias Entre las Razas? El ADN Demuestra Que No”, publicado en el New York Times del 22/08/08:

Hace mucho que los científicos sospechaban que las categorías raciales determinadas por la sociedad no se presentaban a nivel genético. Al avanzar más en la minuciosidad del examen del genoma humano ―el complemento del material genético encerrado en el núcleo de casi todas las células del cuerpo―, se convencieron que las denominaciones usadas para distinguir a la gente por “razas”, carecen prácticamente de sentido biológico. Dijeron que si bien parece fácil distinguir a la persona caucásica de la africana o asiática, esa facilidad se esfuma cuando se deja de tener en cuenta las características superficiales y se escanea el genoma para hallar rasgos distintivos de “raza” en el ADN55.

El doctor J. Craig Venter, jefe de la empresa Cilera Genomics Corp., que desarrolla el Proyecto Genoma Humano, dice que “la raza es un concepto social, no científico”56. El y otros investigadores del Instituto Nacional de Salud mapearon todo el genoma humano y concluyeron que la “raza humana” es una sola.

El doctor Harold P. Freeman, presidente del Hospital General del Norte en la ciudad de New York, compendia así los resultados de su trabajo sobre biología y raza:

Si se pregunta qué porcentaje de los genes se refleja en la apariencia externa de la persona, que es la que nos lleva a hablar de raza, la respuesta estaría en el rango de 0,01%. Se trata de un reflejo extremadamente mínimo de la composición genética57.

Otro estudioso que llegó a la misma conclusión es Alan R. Templeton, profesor de biología de la Universidad de Washington. Analizó el ADN de miembros de distintos grupos humanos y observó que las grandes variaciones se dan a nivel individual. Dijo que pueden existir algunas variaciones entre una y otra población pero que son muy pequeñas. Y aunque mantiene su creencia en el evolucionismo, sintetiza sus conclusiones de esta manera:

La raza, en verdad, es un concepto político, económico y cultural, pero no biológico. Desgraciadamente, mucha gente considera erróneamente que la esencia de las razas humanas está dada por esto último… Quiero brindar alguna objetividad en la materia. Y el análisis objetivo muestra que ni siquiera existe la más mínima posibilidad: no hay nada que indique  realmente subdivisiones del género humano58.

Según las conclusiones de Templeton, la similitud genética entre europeos y nativos del Africa subsahariana o entre europeos y melanesios (nativos de las islas de Oceanía desparramadas desde el Ecuador hasta el Trópico de Capricornio, en una extensión que va desde la cercanía  a Nueva Guinea hasta el norte de Australia), es mayor que la existente entre subsaharianos y melanesios, aunque entre éstos haya muchas semejanzas, como la piel oscura, la textura del cabello y los rasgos del cráneo. Si bien son estos últimos caracteres los que se usan típicamente para marcar las “diferencias raciales”,  ambas poblaciones se asemejan poco o nada genéticamente hablando. Templeton dice que este descubrimiento exhibe que los “rasgos faciales” no se observan en los genes59.

Los genetistas Luca Cavalli-Sforza, Paolo Menozzi y Alberto Piazza, llegaron a la siguiente conclusión en su libro Historia y Geografía de los Genes Humanos:

Una vez que se descartan los genes de los rasgos superficiales, como ser los referentes a la coloración de la piel y la estatura, las “razas” humanas son notablemente semejantes. Las variaciones entre los individuos son mucho más grandes que las diferencias entre los distintos grupos humanos60.

La revista Time hizo el siguiente comentario respecto al libro mencionado:

En verdad, la diversidad entre los individuos es tan enorme, que el concepto de raza se vuelve sin sentido a nivel genético. Los autores dicen que “no hay ningún fundamento científico” para las teorías que le dan bombo a la superioridad genética de cierta población respecto a otras… A pesar de las dificultades, los estudiosos hicieron descubrimientos que destrozan algunos mitos. Uno de ellos lo encontramos directamente en la tapa del libro: un mapa coloreado de la variación genética global tiene en un extremo a Africa y en el otro a Australia. Debido a que nativos de una y otra zona comparten rasgos superficiales como el color de la piel y la forma del cuerpo, se tenía asumido que estaban estrechamente relacionados. Pero sus genes nos cuentan algo muy distinto. De entre todos los humanos, los australianos son los que más se diferencian de los africanos, en tanto que se asemejan principalmente a sus vecinos, los nativos del sudeste asiático61.
NENAS NIGERIANAS USADAS
PARA EXPERIMENTOS
Ciertas compañías de medicamentos, con el objeto de conocer si determinados productos farmacéuticos sirven o no para el propósito con el que fueron diseñados, se los suministran a ciudadanos de países africanos, asiáticos, sudamericanos o de Europa Oriental. Pero esos ensayos en los que muchas personas cumplen el papel de cobayos, se realizan de manera ilegal e inmoral. En 1996, en la ciudad nigeriana de Kano, vivía una nena de 10 años con sólo 18,5 kilogramos de peso (40 libras), la cual sufría dolores agudos debido a meningitis. Una conocida firma farmacéutica norteamericana experimentaba por entonces  un antibiótico en niños. Si bien su uso aún no estaba permitido, resultaría muy importante como negocio: los corredores de bolsa estimaban que si la Food and Drug Administration (FDA) concedía el permiso correspondiente para su venta, generaría unos mil millones de dólares anuales. Como la empresa no encontró con quién experimentar convenientemente en los EE. UU., se dirigió a Kano.

Los doctores que se ocupaban de la prueba dieron a la nenita con meningitis una dosis diaria experimental de 56 mg. de la droga y al tercer día murió. El Washington Post realizó investigaciones que llevaron a la luz pública cómo se expandía ese tipo de cosas en Africa, Asia, Europa Oriental y Sudamérica: eran los lugares usados como subterfugio por algunas firmas norteamericanas para evadir las estrictas normas de la FDA. De esa manera, miles de personas de dichas zonas cumplían el papel de “ratas de laboratorio”. La empresa que hizo su ensayo en Nigeria dijo que contaba con los permisos del caso, pero los expertos manifestaron que esa práctica era incompatible con la ética médica y las regulaciones, en una serie de puntos. Por ejemplo, aunque se requería un tiempo de ensayo mínimo de un año, sólo tuvo una vigencia de seis semanas. A la nena nigeriana se le dio por boca, hasta que falleció, una droga que nunca había sido probada en niños, sabiéndose que en caso de efectos negativos es obligatorio interrumpir de inmediato el suministro de lo que se está proporcionando y dar otro medicamento (de efectos conocidos). En EE. UU., en caso de meningitis, se suministra, por lo general, una droga intravenosa de acción rápida.

En los EE. UU. nunca se consintió que el preparado en cuestión fuera administrado a niños, porque producía desórdenes fisiológicos y muerte. Quedó circunscrito a adultos. En Europa, en cambio, se lo prohibió totalmente, lo cual es índice de los peligros que entraña(1).

Después de la publicación de El Origen de las Especies, darwinistas entusiastas empezaron a buscar el “eslabón perdido” en la supuesta evolución humana. Los racistas enrolados en esas ideas creían que los nativos de Australia fueron parte de la primera etapa de ese proceso. Con el objeto de demostrarlo, se propusieron robar cadáveres de las tumbas de los habitantes originarios para venderlos a los museos de EE. UU. y Europa. En el semanario australiano The Bulletin apareció en 1991 una nota sobre esto, con la firma de David Monaghan(2). Este periodista investigó el asunto durante 18 meses en el país y en Londres y produjo una película documental exhibida en Inglaterra el 08/10/1990, titulada “Los Ladrones de Cadáveres de Darwin”. Monaghan informó, entre otras cosas, lo siguiente:

• Los evolucionistas norteamericanos también estaban muy involucrados en esta “industria” floreciente de juntar especimenes de “subhumanos”. El Instituto Smithsoniano posee en Washington los restos de 15 mil individuos de distintas “razas”. (Por supuesto, no se trata de huesos de seres humanos de una “raza inferior”, como pretendían, sino de iguales a nosotros, de distintos lugares y orígenes étnicos).

• Algunos de los nombres principales  de la ciencia británica así como de  curadores de museos de todo el mundo, estuvieron involucrados en este negocio a gran escala de robo de tumbas(3). Se incluyen entre ellos al anatomista Sir Richard Owen, al antropólogo Sir Arthur Keith y al propio Charles Darwin. Este solicitó cráneos de Tasmania cuando sólo quedaban vivos cuatro nativos (“racialmente puros”), con la condición de “no enterarse” de cuál era el trámite para lograrlos. Los museos no sólo se interesaban en los huesos sino también en la dermis de esas personas, pues sería útil para poner de manifiesto el proceso evolutivo al ser disecada.

• También  se pedía cerebros de nativos, apropiadamente conservados, con el objeto de demostrar que eran “inferiores” a los blancos.

• No cabe ninguna duda, en función de las evidencias escritas, que muchos de esos órganos se obtenían, simplemente, buscando y matando a los nativos para extraérselos.

• Edgard Ramsay, curador del Museo Australiano en Sydney en el período 1874 – 1894, estaba muy comprometido en ese accionar. En un folleto del museo publicado por él, a los nativos se los designaba “animales australianos”. Instruyó acerca de cómo robar los cadáveres de esa gente de las tumbas y cómo cerrar las heridas de balas en los “especimenes” recién asesinados. Muchos recolectores independientes trabajaron bajo su guía. Cuatro semanas después de haber solicitado cráneos de negros Bungi (de la zona que hoy día es el Parque Nacional Río Russell), un estudiante de ciencias, vehemente, le envió dos, anunciándole que los había cazado él y que de esa manera quedaba extinguida la tribu(4).

• La evolucionista alemana Amalie Dietrich llegó a Australia y pidió a los propietarios de grandes granjas que le permitiesen matar con armas de fuego a los nativos, con el objeto de obtener, especialmente, piel para relleno y monturas para los empleados de su museo(5).

Otro estudio que documenta el maltrato y la matanza infligida a los nativos es el libro Aborígenes en la Australia Blanca: Una Historia Documentada de la Patética Política Oficial y el Aborigen Australiano 1697 – 1973, editado por la doctora Sharman Stone, Secretaria Parlamentaria del Ministerio Australiano  de Medio Ambiente y Herencia. La obra, en la que hay unos pocos comentarios de la editora, corresponde a documentación pública: actas parlamentarias, informes de investigaciones, cartas a directores de periódicos y dictámenes antropológicos.La doctora Stone establece la siguiente relación entre la teoría de Darwin y la masacre de nativos:

El libro El Origen de las Especies de 1859 escrito por Charles Darwin, popularizó la idea de evolución biológica (y por lo tanto social). Los eruditos empezaron a considerar a la civilización como un proceso lineal con razas capaces de ascender o descender una escala determinada. Los europeos resultaban los “más aptos para sobrevivir”. Los aborígenes (nativos) estaban condenados a morir debido a una “ley natural”, de la misma manera que ocurrió con los dodos o drontes (aves extinguidas de la Isla de Mauricio) y con los dinosaurios. Esta teoría, apoyada por la información disponible en esos momentos y usada para justificar el desprecio y el asesinato, mantuvo su vigencia hasta bien entrado el siglo XX, cuando se advirtió que los individuos de piel oscura (en vez de desaparecer) aumentaban su número(6).

Como aclara la editora, algunos darwinistas europeos presentaron el asesinato de los nativos como una prueba de que dicha “raza” estaba condenada a desaparecer debido a una “ley natural”. Sin embargo, el siglo pasado se demostró que su muerte se debía, exclusivamente, al maltrato recibido. Y cuando se advirtió que la gente de piel oscura se multiplicaba, el argumento darwinista se hizo trizas.

Las preguntas y las ulteriores respuestas dadas por un funcionario político en una investigación llevada a cabo por la Comisión Real en 1861, ayuda a clarificar que el fundamento racista y el atropello al que fueron sometidos los nativos era considerado completamente natural en aquella época:

Pregunta: “¿Se hubiese considerado una confesión de debilidad el no castigar a los negros?”.

Respuesta: “Sí. Esa es exactamente mi opinión”.


Pregunta: “¿La cuestión reside en tener en claro cuál es la raza más fuerte porque si nos sometemos a ellos nos despreciarían?”.

Respuesta: “Sí”(7).

De acuerdo a Stone, una agencia de noticias de 1880 comunicó:

Nada que podamos hacer alterará las leyes inescrutables y además inmutables que dirigen nuestro progreso en este mundo. Por medio de esas leyes los nativos australianos estaban condenados al advenimiento del hombre blanco. Lo único que nos queda por hacer es ayudar al cumplimiento de las mismas, con la menor crueldad posible. Debemos gobernar al negro por medio del miedo(8).

Estas líneas revelan, sencillamente y una vez más, la inhumanidad y la falta de corazón de los socialdarwinistas, al considerar a esos pueblos una especie de animales ―aunque tratados con métodos que nadie usaría ni siquiera con las bestias― porque tenían piel oscura y algunas características físicas singulares. Una carta dirigida a un periódico, también en 1880, describe la opresión a la que se sometía a los nativos:

Hablando claro, es así como tratamos a los aborígenes: al ocupar sus territorios procedemos con ellos exactamente de la misma manera que lo hacemos con las bestias salvajes que se pueden encontrar allí. Los europeos pasan a disponer absolutamente, según su antojo, de sus vidas, propiedades, canoas, redes… Se les arrebata sus bienes, se les roba por la fuerza sus hijos, se les quita sus esposas. La más mínima muestra de resistencia se responde a balazos… quienes dieron rienda suelta a este tipo de entretenimiento han asesinado, violado y robado a los negros en contra de la voluntad de éstos y sin que nada ni nadie se los impida: no sólo han actuado de manera desenfrenada sino que el gobierno colonial siempre estuvo al lado de ellos para protegerlos de las (posibles) consecuencias de sus crímenes(9).

Lo relatado aquí es apenas una pequeña semblanza del rostro tétrico del “evolucionismo aplicado”, aunque nos parece suficiente para que nos percatemos del grado de desastres al que llevaron a la humanidad el ateísmo y el darwinismo.