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Asuntos de matrimonio

Asuntos de matrimonio

MUHAMMAD había sobrepasado ya su vigésimo año de vida y, a medida que el tiempo pasaba, recibía cada vez más invitaciones de sus parientes para unirse a ellos en sus viajes al exterior. Finalmente, llegó un día en que le pidieron que se hiciese cargo de los géneros de un mercader que estaba incapacitado para viajar, y su éxito en esta tarea lo llevó a otros compromisos similares.

Estuvo así en disposición de ganarse un mejor sustento y el matrimonio se convirtió en una posibilidad.


Su tío y tutor Abu Talib tenía en aquel tiempo tres hijos: el mayor, Talib, de
aproximadamente la misma edad que Muhammad; Aqil, de trece o catorce años, y Yafar, que
era un niño de cuatro. A Muhammad le gustaban los niños, le agradaba jugar con ellos y le
tomó un especial cariño a Yafar, que era un chiquillo hermoso e inteligente y que respondía al
amor de su primo con una devoción que resultó ser duradera. Abu Talib también tenía hijas,
una de ellas en edad casadera. Su nombre era Fatimah, más tarde llamada Umm Hani, nombre
este por el que siempre se la conoce. Un gran afecto había crecido entre ella y Muhammad,
que ahora pidió a su tío que le permitiese desposarla.

Abu Talib, sin embargo, tenía otros planes para su hija: su primo Hubayrah, el hijo del hermano de su madre, del clan del Majzum, igualmente había pedido la mano de Umm Hani y Hubayrah no sólo era un hombre de cierto caudal sino que era también, como el mismo Abu Talib, un poeta de talento. Además, el poder del Majzum en la Meca iba en un aumento que era proporcional al declive del de Hashim; Abu Talib, pues, casó a Umm Hani con Hubayrah. Cuando su sobrino le reprochó levemente, tan sólo respondió: "Ellos nos han dado a sus hijas en matrimonio - sin duda refiriéndose a su
propia madre - y un hombre generoso tiene que recompensar la generosidad." (I.S. VIII, 108).
La respuesta era poco convincente puesto que Abd al-Muttalib ya había pagado con creces la
deuda en cuestión casando a dos de sus hijas, Atikah y Barrah, con hombres del Majzum. Sin
duda Muhammad tomó las palabras de su tío como un modo de responderle, no crudamente
sino de manera cortés, que todavía no estaba en disposición de casarse. De cualquier forma,
eso es lo que él mismo había decidido entonces para sí; pero circunstancias imprevistas pronto
habrían de inducirlo a cambiar de opinión.


Uno de los ricos mercaderes de la Meca era una mujer, Jadiyah, hija de Juwaylid, del
clan de Asad. Era prima carnal de Waraqah, el cristiano, y de su hermana Qutaylah y, al igual
que ellos, prima lejana de los hijos de Hashim. Ya había estado casada dos veces, y desde la
muerte de su segundo marido había sido su costumbre contratar a un hombre para que
comerciase en su nombre.

Ahora Muhammad se había hecho conocido en toda la Meca como
"al-Amin", el Digno de confianza, el Honrado, el Honesto, y esto inicialmente se debía a los
informes de quienes le habían confiado sus mercancías en varias ocasiones. Jadíyah también
había oído a la familia hablar muy bien de él, y un día le envió un mensaje pidiéndole que
llevase a Siria algunas de sus mercancías. Sus honorarios serían el doble de lo que jamás
había pagado a un hombre del Quraysh y para el viaje le ofrecía los servicios de un mozo suyo
llamado Maysarah. Muhammad aceptó lo que ella le proponía y acompañado del muchacho
partió con sus mercancías hacia el norte.


Cuando llegaron a Bostra, en el sur de Siria, Muhammad se cobijó bajo la sombra de
un árbol no lejos de la celda de un monje llamado Nestor. Puesto que las paradas de los
viajeros a menudo permanecen sin sufrir alteración, podría haber sido el mismo árbol bajo el
que se había guarecido unos quince años antes a su paso por Bostra con su tío. Quizás Bahira
había muerto y había sido sustituido por Nestor. Sea como fuere - porque sólo sabemos lo que
Maysarah relató - el monje salió de su celda y preguntó al mozo: "¿Quién es el hombre que
está debajo de aquel árbol?" "Es un hombre del Quraysh," dijo Maysarah, añadiendo a modo
de aclaración: "de la gente que detenta la guarda del Santuario." "Nadie sino un Profeta está
sentado debajo de aquel árbol", dijo Nestor.


Mientras proseguían hacia Siria las palabras de Nestor fueron. calando en el alma de
Maysarah, pero no le sorprendían mucho, ya que a lo largo del viaje había sido consciente de
estar en compañía de un hombre diferente de cualquier otro que hubiera conocido antes. Esto
se confirmó aún más por algo que vio en el camino de vuelta: a menudo había advertido que el
Muhammad, Su vida basada en las fuentes más antiguas Martín Lings calor, cosa extraña, no era agobiante, y una vez, hacia el mediodía, se le concedió una visión
breve pero clara de dos ángeles que resguardaban a Muhammad de los rayos del sol.
Cuando llegaron a la Meca fueron a la casa de Jadiyah, llevándole los géneros que
habían comprado en los mercados de Siria con el dinero obtenido de lo que habían vendido.
Jadiyah escuchó sentada a Muhammad mientras éste describía el viaje y le hablaba de las
transacciones que había hecho. Éstas resultaron ser rentables: Jadiyah había podido vender
los bienes recién adquiridos por casi el doble de lo que habían costado. Aun así, semejantes
consideraciones estaban lejos de sus pensamientos, porque toda su atención se centraba en
quien hablaba. Muhammad tenía veinticinco anos.

Era de estatura media, tendiendo a la
delgadez, con una gran cabeza, hombros anchos y perfectamente proporcionado el resto del
cuerpo. Sus cabellos y su barba, poblados y negros, no eran del todo lisos sino ligeramente
rizados. El pelo le caía hasta pasados los lóbulos de las orejas sin llegar a los hombros y la
longitud de la barba era parecida. Tenía una noble anchura de frente, y a los óvalos amplios de
sus grandes ojos, con pestañas excepcionalmente largas, los enmarcaban unas anchas cejas
un poco arqueadas pero sin unirse. En la mayoría de las descripciones más antiguas se dice
que sus ojos eran negros, pero según una o dos de aquéllas eran marrones o incluso marrones
claros. Su nariz era aquilina, y la boca grande y bien formada - una apostura siempre visible
porque, aunque se dejaba crecer la barba, nunca permitía que el pelo del bigote sobrepasase
el labio superior. Su piel era blanca, pero bronceada por el sol.

Además de su belleza natural,
tenía una luz en el rostro - la misma que había irradiado su padre, ahora más intensa en el hijo
y esta luz se manifestaba de forma especial en su ancha frente y en sus ojos, que eran
extraordinariamente luminosos. Jadiyah sabía que ella aún era hermosa, pero quince años
mayor que él. ¿Estaría dispuesto, sin embargo, a casarse con ella?
Tan pronto como él se hubo marchado, consultó a una amiga suya, Nufaysah, que se
ofreció a dirigirse a él en nombre de ella y, si era posible, a concertar un matrimonio entre
ambos. Maysarah se presentó entonces ante su señora y le contó lo de los dos ángeles y lo
que el monje había dicho, después de lo cual Jadiyah acudió a su primo Waraqah y le repitió
esas cosas. "Si esto es verdad, Jadiyah", dijo él, "entonces Muhammad es el profeta de nuestro
pueblo. Hace tiempo que sabía que se esperaba la venida de un profeta, y su momento ya ha
llegado." (1.1.121).
Mientras tanto, Nufaysah fue a ver a Muhammad y le preguntó por qué no se casaba.
"No dispongo de medios para casarme", respondió él. "Pero si se te diesen los medios", dijo
ella, "y si se te ofreciese una alianza en la que hay belleza y propiedades, nobleza y
abundancia, ¿no consentirías?" Quién es ella?", dijo él. "Jadiyah", contestó Nufaysah. "¿Y
cómo podría ser mío un matrimonio tal?", dijo Muhammad. "¡Déjamelo a mí!", fue lo que ella
respondió. "Por mi parte", dijo él, "yo consiento." (I.S. 1/1, 84). Nufaysah volvió con estas
nuevas a Jadiyah, que entonces envió un mensaje a Muhammad pidiéndole que viniese a
verla; cuando él llegó le dijo: "Hijo de mi tío, te amo por tu parentesco conmigo y porque tú
siempre estás en el centro sin ser de los que entre la gente son partidarios de esto o aquello, y
te amo por tu formalidad, por la belleza de tu carácter y la veracidad de tu palabra." (1.1.120).

Luego ella misma se ofreció en matrimonio, y acordaron que él hablaría con sus tíos y ella con
su tío Amr, el hijo de Asad, porque Juwaylid, su padre, había fallecido. Fue Hamzah, a pesar de
su relativa juventud, en quien los hashmíes delegaron para que les representase en este
acontecimiento, sin duda porque era el más estrechamente relacionado de ellos con el clan de
Asad, debido a que su hermana uterina Safiyyah se había casado recientemente con el
hermano de Jadiyah, Awwam. Así pues Hamzah acudió con su sobrino a ver a Amr y le pidió la
mano de Jadiyah acordaron que Muhammad le entregaría a ella doce camellas como dote.