Vie08172018

Last updateJue, 26 Jul 2018 10pm

Back Está aquí: Portada Aqida Semana santa El pecado original

El pecado original

Recordemos que el tercer eje del Dogma de la Redención sostenía que Cristo pagó con su pasión y muerte en la cruz en el Calvario, por la expiación del pecado original y de todos los demás pecados del hombre, y que solo el poder salvador de su sangre otorga al alma la bienaventuranza eterna. A este respecto, el reverendo De Groot afirma en la página 162 de la obra antes citada:

“Cristo, Dios y hombre, quien tomó sobre sí nuestros pecados satisfaciendo para su remisión la exigencia de justicia divina, es por ello mismo el mediador entre Dios y el hombre.” Esta teoría, sin embargo, contradice en igual medida el principio de misericordia y el de justicia divinas[1], puesto que, por una parte, si Dios exigiera un precio de sangre por el perdón del género humano estaría haciendo alarde de la más cruel inclemencia; y, por otra, torturar y crucificar a un inocente por los pecados ajenos resulta cuando menos perverso.

 

Son numerosos los argumentos que se podrían esgrimir contra el Dogma de la Redención. En primer lugar, el dogma según el cual Cristo fue crucificado para lavar el pecado de Adán reposa en un presupuesto falso, y negada la mayor, queda negada también su consecuencia. El presupuesto en cuestión es que no es sólo Adán quien carga con su pecado, sino toda la  humanidad, a lo que se puede responder recordando Deuteronomio 24:16: “No se hará morir a los padres por los hijos, ni a los hijos por sus padres, sino que cada uno morirá por su pecado.”; así como Ezequiel 18:20: “El alma que pecare, ésa morirá: no pagará el hijo la maldad de su padre, ni el padre la maldad de su hijo.” El mismo Jesús –en palabras de la Biblia- sentenció: “Dará el pago a cada cual conforme a sus obras.” (Mateo 16:27), lo que es perfectamente acorde a lo que se menciona en el Corán: {…nadie cargará con los pecados ajenos, y que el ser humano no obtendrá sino el fruto de sus esfuerzos. Y por cierto que sus esfuerzos se verán [el Día de Juicio]} [Corán 53:38-40]

En segundo lugar, según leemos en Génesis 5:5, Adán y Eva vivieron aún 930 años tras haber comido del árbol del bien y del mal. En consecuencia, no se sostiene Génesis 2:17: “Mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comas: porque en cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás.” En realidad este pasaje lo que nos viene a decir es que Adán se arrepintió y guardó en adelante los preceptos de Dios, por lo que fue perdonado, como puede deducirse a la vista de Ezequiel 18:21-22: “Si el malvado se arrepiente de todos los pecados que ha cometido, y obedece todos mis decretos y practica el derecho y la justicia, no morirá; vivirá por practicar la justicia, y Dios se olvidará de todos los pecados que ese malvado haya cometido” Así pues, nadie precisa que Cristo muera para que le sean perdonados sus pecados, lo que de nuevo viene a coincidir con lo que afirma el Corán: {Por cierto que Adán desobedeció a su Señor y cometió un pecado. Luego su Señor lo eligió [como Profeta], lo perdonó y lo guió} [Corán 20: 122], por lo tanto, lo que se llama o se conoce como el Pecado Original fue perdonado desde su aparición.

En tercer lugar, nadie ha podido demostrar que el Mesías se dirigiera voluntariamente a la muerte por el perdón de los pecados. En realidad, en la Biblia lo que se nos viene a decir es que Jesús no quería morir en la cruz: cuando supo que sus enemigos planeaban asesinarlo dijo: “Mi alma sufre angustias de muerte”, y pidió a los discípulos que lo protegieran mientras él oraba imprecando a Dios: “¡Padre, Padre! Todas las cosas te son posibles, aparte de mí este cáliz; mas no sea lo que yo quiero, sino lo que tú.” (Marcos 14:36)

En cuarto lugar, la misma Biblia nos dice que el crucificado gritó al momento de la crucifixión: “¿Eloi Eloi lamma sabactani?, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). En efecto, estas palabras de desesperanza indican a las claras que nos hallamos ante una persona que no quería ser crucificada; pero, en mayor medida aún, esas palabras no están demostrando de manera categórica que la persona que colgaba de la cruz no era Jesús, el Mesías, porque un profeta verdadero jamás diría tal cosa. Por otra parte, si Jesús fuera Dios, como sostienen los cristianos, ¿diría tal cosa?

En quinto lugar, Marcos 14:50 sostiene que ninguno de los discípulos estuvo presente al momento de la crucifixión porque todos huyeron abandonando al Mesías (¡!). Por tanto, los autores de los evangelios y de las epístolas no vieron aquellos acontecimientos y la suya, pues, no es la versión de un testigo presencial. Todo ello no hace sino avivar la sospecha: ¿Cuál es la fuente de la narración, máxime cuando cada evangelio narra la crucifixión de un modo completamente distinto?

Y en sexto y último lugar, la creencia en la necesidad de derramar sangre para aplacar la ira de lo sobrenatural es una concesión cristiana a cierta religiosidad primitiva en la que Dios se concibe como una especie de demonio poderoso. Mas lo cierto es que entre el pecado y la sangre no existe ni la más remota relación. Para la redención no se precisan derramamientos de sangre, sino sincero arrepentimiento, aspiración a retornar a Dios, perseverancia contra el mal y viva inclinación del ánimo a cumplir la voluntad de Dios conforme a lo revelado a los Profetas. Cuando a Jesús le preguntaron qué hacer para ganar la vida eterna, no respondió que creer en él como el Salvador cuya sangre redimirá los pecados del mundo. Respondió algo muy sencillo: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.” (Mateo 19:17)

En definitiva, el proyecto de salvación que nos presenta el cristianismo se desvela en extremo débil desde un punto de vista lógico y ético. Pero es que, además, no encuentra sostén en las enseñanzas de Jesús. Y Jesús vino al mundo para salvar a los hombres y conducirlos a la luz mediante sus enseñanzas y mediante el ejemplo vivo de sus actos, no para morir voluntariamente en la cruz ofreciendo su sangre para lavar los pecados del mundo. Vino, como todos los profetas a lo largo de la historia de la humanidad, y así lo decía, para invitar a los pecadores al arrepentimiento, no para expiar sus pecados: “Y desde entonces empezó Jesús a predicar y decir: ¡Arrepentíos, pues está cerca el reino de los cielos!” (Mateo 4:17)

En verdad resulta penoso comprobar cómo la Biblia llega al extremo de maldecir por esta causa a Jesús, bendito sea: “Jesucristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho por nosotros objeto de maldición; pues está escrito: Maldito todo aquel que es colgado en un madero.” (Gálatas 3:13). Una vez más nos hallamos ante una concesión cristiana a las antiguas religiones paganas. Arthur Findley (Rock of the Truth, pág. 45) alude a dieciséis personajes históricos de los que se afirmó en su tiempo que eran dioses venidos al mundo para salvar a su pueblo. He aquí algunos de ellos: el egipcio Osiris (1700 a.C.), el babilónico Baal (1200 a.C.), el griego Adonis (1100 a.C.), el hindú Krishna (1000 a.C.), el tibetano Andra (725 a.C.), el griego Prometeo (547 .C.), el chino Buda (560 a.C.) y el persa Mitra (400 a.C.).

El Dogma de la Redención, además de un insulto a la inteligencia, nos tienta a sobrevalorar la fe en detrimento de los actos, justo como hace Pablo al desdeñar la ley y los mandamientos que Jesús vino a completar y a cuyo cumplimiento llamó a los hombres, en Romanos 3:28: “Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige”. Pues no olvidemos que Pablo niega incluso que fueran sus obras las que le fueron compensadas a Abrahán sino sólo su fe (Romanos 4:2-3). Así, Pablo consigue limitar la salvación y la bienaventuranza a la fe en la crucifixión de Cristo con independencia de las obras y del guardar los mandamientos. Mas ¿qué sería de la humanidad si aplicáramos esto a rajatabla? Para refutar a Pablo basta con recordar las palabras del mismo Jesús: “Y así, el que violare uno de estos mandamientos, por mínimos que parezcan, y enseñare a los hombre a hacer lo mismo, será tenido por el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los guardare y enseñare, ése será tenido por grande en el reino de los cielos.” (Mateo 5:19)

El Islam rechaza con toda firmeza el Dogma de la Redención al afirmar que el perdón de los pecados no se obtiene en ningún caso por el sufrimiento o sacrificio ajenos, sino por la gracia de Dios, el arrepentimiento sincero y la perseverancia en dar la espalda al mal y obrar el bien. Asimismo, si el pecado o falta hubiera supuesto una injusticia para con terceras personas, dicha injusticia habrá de ser reparada y, en la medida de lo posible, deberemos obtener el perdón de las víctimas para que nuestros pecados queden definitivamente lavados. El Islam promete la salvación y la bienaventuranza para cuantos crean en la unicidad absoluta de Dios y obren con bien: {No es así, quienes se entreguen a Allah y sean benefactores tendrán su recompensa junto a su Señor, y no temerán ni se entristecerán} [Corán 2: 112], {Diles: Yo no soy más que un hombre a quien se le ha revelado que sólo debéis adorar a Allah, vuestra única divinidad. Quien anhele la comparecencia ante su Señor que realice obras piadosas y que no adore a nadie más que a Él} [Corán 18: 110], lo que es perfectamente concordante con las enseñanzas de Jesús tal y como se vierten en la Epístola del Apóstol Santiago 2:14-17: “¿De qué servirá, hermanos míos, el que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Por ventura a este tal la fe podrá salvarle?... Así la fe, si no es acompañada de obras, está muerta en sí misma.”

[1] Ante todo esto no puede uno menos que preguntarse supongo que con tantos otros: Los remordimientos de Adán, su arrepentimiento, su expulsión del paraíso, los numerosos sacrificios ofrendados a Dios, ¿no fueron precio suficiente para su salvación? Porque si fuera así, ¿qué expiación posible tendrían pecados incomparablemente más horrendos? Y por otra parte, ¿cómo es que el misterio de la redención quedó oculto a los